generaciones de yoguis como éste
viven en el Himalaya, cerca de Rishikesh,
al borde del río Ganges,
rápido, tumultuoso y ... helado.
Como tantos otros antes que él,
arroja los pétalos de jazmín,
símbolos de la vida,
al río
símbolo del eterno retorno
y del flujo de la manifestación.
Admiremos su cuerpo, casi perfecto,
que respira la magia del yoga.
Delgado sin flacura, musculoso sin exceso,
se le percibe sano, ágil, dueño de sí mismo.
Su tórax, desarrollado por el pranayama,
da prueba de su vitalidad.
Sí, eran parecidos a él,
estos yoguis legendarios
que nos han legado y transmitido,
desde hace mucho tiempo, este maravilloso yoga.
Hagamos que nos inciten a practicar,
con modesta fidelidad,
nuestro yoga de cada día,
única manera de decirles: ¡Gracias!
En ellos sobrevive la antigua Tradición,
tesoro para toda la humanidad.
¡Hagamos que no se extinga.!
André Van Lysebeth
|
Desde hace milenios...
|